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Soledad Garrido S.

Hay que caer para saber quién te levantará

Soledad antes de su trasplante en traje de Campaña, durante un Diplomado que hizo como corresponsales de ejército.
 

Llegó el momento de recapitular las penas y alegrías de los últimos dos años de mi vida. Es difícil volver a recordar aquellos momentos sin emocionarme profundamente y agradecer a aquella familia que desinteresadamente me donó un corazón para poder seguir viviendo.
A los 19 años me diagnosticaron una hipertrofia congénita al miocardio. Pero mis molestias me acompañan desde que tengo memoria. Cuando era pequeña me costaba respirar y las manitos se me colocaban un poco moradas.
 Pese a ello, viví normalmente. Me gradué como periodista y cientista político en la universidad Gabriel Mistral. Tenía buenas amigas, un trabajo interesante, pero sobre todo podía hacer aquello que más me gustaba, asistir a recitales de todo tipo de bandas. Creía que era feliz y que tenía mi vida resuelta.

Paulita Ahijada de Sole
 

Después de cumplir 30 años todo se desmoronó. En marzo de 2005 fui de urgencia a la Clínica Alemana, porque tenía un dolor en el estómago. Yo pensaba que era algo que me hizo mal, pues había llegado de unas pequeñas vacaciones. Por esto, casi me morí cuando los doctores me informaron que tenía el corazón muy dañado. El diagnóstico exacto fue: hipertrofia al miocardio con disfunción diastólica severa, lo que produjo complicaciones pulmonares y hepáticas graves.         
Al parecer mi genética se había manifestado, ya que en mi familia paterna murieron varios tíos y primos muy jóvenes. Sin embargo, soy la primera trasplantada o mejor dicho la única que no colapsó durante la espera del órgano.           
En mayo de 2005 figuraba mi nombre en la lista nacional de trasplantes. Recuerdo perfectamente el momento en que me dijeron que mi única solución era un trasplante. Fue como si me hubieran pegado con un palo en la cabeza. Me quedé helada y miré a mi madre después de unos segundos, porque no quería llorar. Ella se hundió en su asiento y me miró como nunca antes lo había hecho, con un temor y una rabia evidente.  

Le dije que hablara con mi papá. Yo no quería que se enterara por los doctores. Él también es enfermo del corazón y me preocupaba mucho su reacción, además le contó a  mi hermano que vive en España. Todo fue bien triste, lloraron mucho, pero siempre tuvieron confianza en todo iba a salir bien.
Toda la familia en un matrimonio
 

Hasta ahí, yo pensaba que nada más podía pasar, pero me equivoqué. Poco a poco empecé a perder lo que alegraba la espera. Primero mi trabajo, después mis amigas y sin duda lo más doloroso, mi pololo, con el que llevaba año y medio, me dejó sin ningún tipo de consideración. Increíble, pero cierto.     
Pese a ello, aparecieron amigas incondicionales, esas que te escuchan y están contigo en todas. Mis primos, se portaron muy bien, me conseguían películas, revistas o simplemente me iban a ver para que me riera un rato. Pero lo más emocionante, fue ser madrina de la Paulita. Mi prima me lo pidió estando enferma, cosa que me causó una gran alegría, porque significaba que estaban seguros de que yo cuidaría a esa pequeñita durante mucho tiempo.       
En octubre de 2005, apareció un donante. Tres días entes de mi cumpleaños entré a pabellón, pero el corazón falló y no sirvió. Al otro día desperté con una desilusión tremenda. Me dio mucha rabia, porque tendría que seguir esperando.
Pasaron 11 horribles meses. Yo ya no podía comer, ni dormir porque me ahogaba mucho. Estaba muy deteriorada. Era terrible mirarme en el espejo tenía la cara flaca, los ojos morados y hundidos, se me caía el pelo y mi hígado en cualquier momento colapsaba.
           
En esas condiciones entré nuevamente a pabellón. Pero esta vez me desperté con un corazón nuevo. Mi mamá me contó que tuve varios problemas. Me dio una apnea, convulsiones, se me llenaron de líquido los pulmones, tenía muy baja la saturación y mi hígado se inflamó mucho. Estuve casi un mes en la clínica y cuando me fui, lo hice con un marcapasos porque mi corazón sufrió un bloqueo durante la operación.           
Mi recuperación fue lenta, ya que tuve que volver dos veces de urgencia a la clínica. Una por falla de marcapasos y otra por un virus raro. Pasé mi cumpleaños número 32 hospitalizada y en diciembre de 2006, por fin, ya estaba en casa, con mi familia y mis perritos que tanto extrañé.     
En enero estaba super bien. Me dolían los huesitos y la espalda, pero eso no era nada comparado a los primeros días de trasplantada. En febrero me dejaron nadar y me fui de vacaciones a la playa con mis primos. Era increíble estar ahí y poder correr, subir cerros, jugar con la Paula sin ahogarme o cansarme. Es ahí cuando uno dice: valió la pena el sufrimiento.  
En mayo cumplo 8 meses de trasplante y me siento mejor que nunca. Recuerdo  todo lo que me sucedió y todavía me dan pena algunas cosas. Mi vida cambió, yo cambié, pero sin duda para mejor. Total de eso se trata vivir, de mirar hacia delante, siempre hacia delante. 

 
 
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