Hasta ahí, yo pensaba que nada más podía pasar, pero me equivoqué. Poco a poco empecé a perder lo que alegraba la espera. Primero mi trabajo, después mis amigas y sin duda lo más doloroso, mi pololo, con el que llevaba año y medio, me dejó sin ningún tipo de consideración. Increíble, pero cierto.
Pese a ello, aparecieron amigas incondicionales, esas que te escuchan y están contigo en todas. Mis primos, se portaron muy bien, me conseguían películas, revistas o simplemente me iban a ver para que me riera un rato. Pero lo más emocionante, fue ser madrina de la Paulita. Mi prima me lo pidió estando enferma, cosa que me causó una gran alegría, porque significaba que estaban seguros de que yo cuidaría a esa pequeñita durante mucho tiempo.
En octubre de 2005, apareció un donante. Tres días entes de mi cumpleaños entré a pabellón, pero el corazón falló y no sirvió. Al otro día desperté con una desilusión tremenda. Me dio mucha rabia, porque tendría que seguir esperando.
Pasaron 11 horribles meses. Yo ya no podía comer, ni dormir porque me ahogaba mucho. Estaba muy deteriorada. Era terrible mirarme en el espejo tenía la cara flaca, los ojos morados y hundidos, se me caía el pelo y mi hígado en cualquier momento colapsaba.
En esas condiciones entré nuevamente a pabellón. Pero esta vez me desperté con un corazón nuevo. Mi mamá me contó que tuve varios problemas. Me dio una apnea, convulsiones, se me llenaron de líquido los pulmones, tenía muy baja la saturación y mi hígado se inflamó mucho. Estuve casi un mes en la clínica y cuando me fui, lo hice con un marcapasos porque mi corazón sufrió un bloqueo durante la operación.
Mi recuperación fue lenta, ya que tuve que volver dos veces de urgencia a la clínica. Una por falla de marcapasos y otra por un virus raro. Pasé mi cumpleaños número 32 hospitalizada y en diciembre de 2006, por fin, ya estaba en casa, con mi familia y mis perritos que tanto extrañé.
En enero estaba super bien. Me dolían los huesitos y la espalda, pero eso no era nada comparado a los primeros días de trasplantada. En febrero me dejaron nadar y me fui de vacaciones a la playa con mis primos. Era increíble estar ahí y poder correr, subir cerros, jugar con la Paula sin ahogarme o cansarme. Es ahí cuando uno dice: valió la pena el sufrimiento.
En mayo cumplo 8 meses de trasplante y me siento mejor que nunca. Recuerdo todo lo que me sucedió y todavía me dan pena algunas cosas. Mi vida cambió, yo cambié, pero sin duda para mejor. Total de eso se trata vivir, de mirar hacia delante, siempre hacia delante. |