Los trasplantes son un grandioso paso adelante en el servicio
de la ciencia al hombre, y no pocas personas hoy en día,
deben sus vidas a un órgano trasplantado. Cada vez más,
la técnica de los trasplantes ha probado ser una manera válida
de lograr la principal meta de toda la medicina - el servicio a
la vida humana. Por esto es, por qué en la Carta Encíclica
"Evangelium Vitae", sugerí que una manera de nutrir
una genuina cultura de vida " es la donación de órganos,
llevada a cabo de una manera éticamente aceptable, con la
visión de ofrecer una oportunidad de salud e inclusive de
vida al enfermo, quien a veces no tiene otra esperanza" (Nº
86).
Así como con todos los progresos humanos, este campo particular
de la ciencia médica, para toda la esperanza desalud y vida,
que ofrece a muchos, pero también presenta algunos aspectos
críticos que requieren ser examinados a la luz de una reflexión
y un discernimiento antropológico y ético.
En esta área de la ciencia médica también el
criterio fundamental debe ser la defensa y promoción del
bien integral de la persona humana, en resguardo con esa dignidad
única, que es nuestra, por virtud de nuestra humanidad. Consecuentemente,
es evidente que cada procedimiento médico efectuado en la
persona humana está sujeto a límites: no sólo
los límites de lo que es técnicamente posible, sino
también los límites determinados por el respeto de
la naturaleza humana en sí, entendida en su totalidad: "lo
que es técnicamente posible no es por esa sola razón
moralmente admisible " (Congregación para la Doctrina
de la Fe, Donum Vitae 4).
Primero, se debe enfatizar, como lo observé en otra ocasión
que todo trasplante de órgano tiene su fuente en una decisión
de gran valor ético: " la decisión de ofrecer
sin recompensa una parte de su propio cuerpo para la salud y el
bienestar de otra persona" (dirigido a los participantes del
Congreso de Trasplantes de Órganos, 20 junio 1991, Nº3).
Aquí precisamente yace la nobleza del gesto, un gesto que
es un genuino acto de amor. Esto no es sólo cuestión
de entregar algo que nos pertenece, sino el dar algo de nosotros
mismos, "por virtud de su unión substancial con un alma
espiritual, el cuerpo humano no puede ser considerado como un mero
complejo de tejidos, órganos, y funciones... puesto que es
una parte constitutiva de la persona que se manifiesta y se expresa
a sí misma a través de éste" (Congregación
para la Doctrina de la Fe, Donum Vitae, 3).
En consecuencia, cualquier procedimiento que tienda a comercializar
los órganos humanos o a considerarlos como ítems de
intercambio o comercio debe ser considerado moralmente inaceptable,
porque el uso del cuerpo como un "objeto" es una violación
a la dignidad de la persona humana.
Éste primer punto tiene una consecuencia inmediata de gran
importancia ética: la necesidad del consentimiento informado.
La "autenticidad" humana de tal gesto decisivo requiere
que los individuos estén apropiadamente informados sobre
los procesos involucrados, de manera de estar en posición
de consentir o declinar de una manera libre y consciente. El consentimiento
de los familiares tiene su propia validez ética en la ausencia
de una decisión por parte del donante. Naturalmente, un consentimiento
análogo debe ser dado por los receptores de los órganos
donados.
El reconocimiento de la dignidad única de la persona humana
tiene una nueva consecuencia subyacente: órganos vitales
que son únicos en el cuerpo pueden ser removidos solamente
después de la muerte, esto es del cuerpo de alguien que está
ciertamente muerto. Este requerimiento es por sí mismo evidente,
ya que actuar de otro modo podría significar el causar intencionadamente
la muerte del donante en la disposición de sus órganos.
Esto da pié para una de las cuestiones más debatidas
en la bioética contemporánea, tanto como a una preocupación
seria en la mente de la gente común. Me refiero al problema
de aseverar el momento de la muerte. ¿Cuándo una persona
será considerada muerta con completa certeza?
En este aspecto, es de ayuda recordar que la muerte de una persona
es un evento único, consistente en la desintegración
total de tal unidad e integridad total que es la persona en sí.
Esto resulta de la separación del principio de vida (alma)
de la realidad corporal de la persona. La muerte de la persona,
entendida en este sentido primario, es un evento que ningún
método científico, técnico o empírico
puede identificar directamente.
Así la experiencia humana muestra que cuando la muerte ocurre
ciertos signos biológicos ocurren inevitablemente, lo que
la medicina ha aprendido a reconocer con precisión creciente.
En este sentido, el "criterio" para establecer la muerte
usado por la medicina hoy no debe ser entendido como una determinación
científico-técnica del momento exacto de la muerte
de una persona, sino como la manera científicamente segura
de identificar los signos biológicos de que una persona ha
ciertamente fallecido.
Es un hecho muy bien conocido que por algún tiempo algunos
enfoques científicos para establecer la muerte habían
desplazado el énfasis desde los tradicionales signos cardio-respiratorios
hacia los así llamados criterios "neurológicos".
Específicamente, esto consiste en establecer, de acuerdo
a parámetros claramente determinados comúnmente avalados
por la Comunidad Científica Internacional, el cese completo
e irreversible de toda actividad cerebral (en el cerebro, cerebelo,
y el tronco encefálico). Esto es entonces, considerado el
signo de que el organismo individual ha perdido su capacidad integradora.
Con respecto a los parámetros usados hoy para la certificación
de la muerte - ya sea sobre los signos "encefálicos"
o los signos cardiorespiratorios más tradicionales- la Iglesia
no hace decisiones técnicas. Ella se limita a la tarea del
Evangelio de comparar los datos ofrecidos por la ciencia médica
con la comprensión cristiana de la unidad de la persona,
evidenciando las similitudes y los posibles conflictos capaces de
poner en peligro el respeto por la dignidad humana.
Aquí, se puede decir que el criterio adoptado en épocas
más recientes para la certificación del hecho de la
muerte, llámese el cese completo e irreversible de toda actividad
cerebral, si es rigurosamente aplicado, no pareciera ser un conflicto
con los elementos esenciales de una antropología consistente.
De ese modo un trabajador de la salud profesionalmente responsable
de certificar la muerte puede usar este criterio en cada caso individual,
como base para llegar a un grado de certeza en el juicio ético
que la enseñanza moral describe actualmente como "certeza
moral ". Esta certeza moral es considerada la base necesaria
y suficiente para un curso de acción éticamente correcto.
Solamente donde existe tal certeza y donde el consentimiento informado
ha sido dado por el donante o sus legítimos representantes,
es moralmente correcto iniciar los procedimientos técnicos
requeridos para la remoción de los órganos para trasplante.
Otra pregunta de gran significación ética es aquella
de la distribución de los órganos donados a través
de listas de espera y de la asignación de prioridades. A
pesar de los esfuerzos para promover la práctica de donación
de órganos, los recursos disponibles en muchos países
son actualmente insuficientes para abastecer las necesidades médicas.
De aquí que exista la necesidad de recopilar las listas de
espera para trasplante sobre la base de un criterio claro y apropiadamente
razonable.
Desde el punto de vista moral, un principio de justicia obvio requiere
que el criterio para la asignación de órganos donados
no sea de ninguna manera "discriminatorio" (por ej. Basado
en la edad, sexo, raza, religión, posición social,
etc.) o "utilitario" (por ej. : basado en la capacidad
de trabajo, utilidad social, etc.). Por otro lado, en la determinación
sobre quien tiene precedencia en la recepción de un órgano,
las asignaciones deben ser hechas sobre las bases de factores clínicos
e inmunológicos. Cualquier otro criterio podría resultar
totalmente arbitrario y subjetivo, y podría hacer fallar
el reconocimiento al valor intrínseco de cada persona humana
como tal, un valor que es independiente de cualquier circunstancia
externa.
Un aspecto final concierne a una posible solución alternativa
al problema de encontrar órganos humanos para trasplante,
algo que todavía se encuentra en estado de experimentación,
llamado xenotrasplantes, esto es, trasplantes de órganos
desde otras especies animales.
No es mi intención explorar en detalle los problemas conectados
con esta forma de intervención. Querría recordar someramente
lo que ya señaló en 1956 el Papa Pío XII preguntándose
sobre su legitimidad. Hizo aquello cuando se comentaba la posibilidad
científica, entonces siendo presagiado, de trasplantar córneas
de animales a los humanos. Su respuesta todavía nos ilumina
hoy: en principio, él afirmó, para que el xenotrasplante
sea lícito, el órgano trasplantado no debe alterar
la identidad psicológica o genética de la persona
receptora; y también debe existir la posibilidad biológica
probada de que el trasplante será exitoso y no expondrá
al receptor a un riesgo desproporcionado (dirigido a la Asociación
Italiana de Donantes de Córneas y a los Oculistas Clínicos
y Practicantes Médico Legales, mayo 14 1956).
En conclusión, expreso mi esperanza de que, gracias al
trabajo de tanta gente generosa y altamente entrenada, la investigación
científica y tecnológica en el campo de los trasplantes
continuará progresando, y se extenderá a la experimentación
con nuevas terapias que puedan reemplazar los trasplantes de órganos,
así como algunos recientes desarrollos que parecen prometer
mejorías en elementos protésicos. De cualquier modo,
los métodos que fallan en respetar la dignidad y el valor
de la persona deben ser siempre evitados. Estoy pensando en particular
en los intentos de clonación humana con una visión
para obtener órganos para trasplantes: estas técnicas
en tanto impliquen la manipulación y destrucción de
embriones humanos, no son moralmente aceptables, aun cuando su propósito
sea bueno en sí mismo. La Ciencia en sí apunta a otras
formas de intervención terapéutica que no involucren
la clonación o el uso de células de embriones, sino
más bien se puedan usar células madres totipotenciales,
tomadas de adultos. Esta es la dirección que la investigación
debe seguir si desea respetar la dignidad de cada uno y de todos
los seres humanos, aun en su estado embrionario.
En la definición de estos variados tópicos, la contribución
de filósofos y teólogos es importante. Su cuidadosa
y competente reflexión sobre los problemas éticos
asociados con la terapia de los trasplantes puede ayudar a clarificar
el criterio de valorar qué tipos de trasplantes son moralmente
aceptables y bajo qué condiciones, especialmente con atención
a la protección de la identidad personal de cada individuo.
Estoy confiado que los líderes sociales, políticos
y educadores renovarán su compromiso a fomentar una cultura
genuina de generosidad y solidaridad. Existe la necesidad de instalar
en el corazón de las personas, especialmente en los corazones
de los jóvenes, un aprecio profundo y genuino de la necesidad
del amor fraternal, un amor que puede encontrar expresión
en la decisión de convertirse en un donante de órganos.
Pueda el Señor apoyar a cada uno de ustedes en su trabajo,
y guiarlos en el servicio del auténtico progreso humano. Acompaño
este deseo con mi Bendición. |